El ático


Mientras mi marido ronca a mi lado presto atención a los ruidos de la noche. Espero distinguir arriba en el ático unos crujidos leves, acompasados. Entonces me sereno y escucho con atención los diferentes tonos del vaivén. Reconozco la impostergable ansia de besos y ropa,  la toma de posesión de la piel del otro como un paisaje en el que perderse. Se agita el traqueteo bajo dos cuerpos jóvenes que se apegan uno a otro y a la vida vigorosamente. Y sin envidia percibo apenas  ese dejarse ir, primero contenido hasta que estalla y se desborda para desmayarse luego. Me complace el silencio de los cuerpos satisfechos y me hace feliz que sobre nuestras cabezas se deseen y se tengan. Mi cuerpo ya no añora esas urgencias, pero recuerda. Se marchita sin prisas, domesticado por el tiempo y se alegra de que otros revivan el esplendor que hubo un día, cuando una caricia sabia, osada, impaciente y sedienta convocaba deseos, armonizaba somieres, desafiaba silencios, penetraba efímera y gloriosa en las raíces de la vida.

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