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Siesta

Llegamos a la isla y enseguida, como una traición, un calor inusualmente tórrido nos dio la bienvenida. Ese calor húmedo y compacto que me recuerda noches en vela de mi adolescencia en las tierras del Sur. No sé si era el calor o las prisas de un viaje necesariamente breve, pero una vez terminada la comida de compromiso y hechas las despedidas de los viejos conocidos (y era casi penoso ver hasta que punto se habían vuelto más viejos y un tanto desconocidos), nos volvimos casi con prisa a nuestro pequeño hotel, discretamente encajado en el fondo del palmeral del valle. Las torres de un barrio cercano parecían irreales, como si se combaran bajo el peso del bochornoso calor y la calima. Era una tarde de sol sin trazas de sombra y los gruesos muros de la casa rehabilitada hacían de nuestra habitación un refugio en el que podríamos establecer una tregua con el mundo. Parecía, en medio del silencio monacal, que nos hubiéramos fugado de casa. Y nos desplomamos en las camas. Ya traíamos los cu...