Siesta
Llegamos a la isla y enseguida, como una traición, un calor inusualmente tórrido nos dio la bienvenida. Ese calor húmedo y compacto que me recuerda noches en vela de mi adolescencia en las tierras del Sur.
No sé si era el calor o las prisas de un viaje necesariamente breve, pero una vez terminada la comida de compromiso y hechas las despedidas de los viejos conocidos (y era casi penoso ver hasta que punto se habían vuelto más viejos y un tanto desconocidos), nos volvimos casi con prisa a nuestro pequeño hotel, discretamente encajado en el fondo del palmeral del valle. Las torres de un barrio cercano parecían irreales, como si se combaran bajo el peso del bochornoso calor y la calima. Era una tarde de sol sin trazas de sombra y los gruesos muros de la casa rehabilitada hacían de nuestra habitación un refugio en el que podríamos establecer una tregua con el mundo. Parecía, en medio del silencio monacal, que nos hubiéramos fugado de casa.
Y nos desplomamos en las camas. Ya traíamos los cuerpos sudorosos, los miembros flojos, las bocas casi secas. Quizá el sopor de la sobremesa -recuerdo levemente un postre de chocolate con helado de crema, conversaciones demasiado ágiles, camareros insoportablemente lentos- nos dejaría rendidos al letargo de la siesta.
La siesta, tardes de verano en las que con quince años ya no sabía qué hacer, buscar la habitación más fresca de la casa, que nunca estaba donde me esperaba, pasar el rato leyendo, pasar el rato soñando, caer al fin sobre la cama que no me había molestado en hacer; quitarme la ropa con miedo a que alguien pasara por delante de mi cuarto y me viera desnuda por el resquicio de una puerta imposible de cerrar; excitarme al pensarlo, sin saber lo que era; seguir con los dedos el rastro del sudor; sentirme culpable por explorar mi sexo; oler mi propio olor, antes que nadie, sin saber apreciarlo.
Había pasado mucho tiempo desde entonces, pero ese día de abril el calor me hacía repetir un viejo ritual, desnudarme despacio, estirarme en la cama, palpar entre mis muslos. Esta vez tú me mirabas, quieto, quizá demasiado cansado o quizá con mirada de lince, al acecho.
Yo inicie el juego del calor que me hacía ir al lavabo a recogerme el pelo y mojarme la nuca, a refrescarme los pechos, a frotarme las nalgas. Espiaba por el espejo por saber si al fin saldrías de tu quietud. Pero pronto adverí que no me mirabas sólamente con el rabillo del ojo.
Volví a la cama y no dejaste que llegara a acostarme. No dijiste nada, nunca te hace falta. Y mi boca estaba fresca y húmeda, el agua había puesto firmes mis pezones, y mi sexo latía húmedo y tibio. No fue nada difícil encontrar tu desnudez, ni pasear mi cuerpo por el tuyo, ni probar una tras otra las posturas que tanto habíamos reinventado, cuando las tardes eran nuestras y no había prisas y en nuestra casa no se sabía de teletubbies, ni de power-ranger, ni había que administrar el uso de nintendos y msn.
Era la tarde nuestra, como las tardes de siempre, y mi cuerpo las recordaba asombrosamente bien. Era la mezcla de jadeos y risas, como cuando atábamos con cuerdas las dos camas separadas para evitar que se abriesen bajo nuestros vaivenes juveniles en un hotel de playa donde empezamos nuestra vida juntos.
Se que duró varias horas, sé que cambiamos continuamente las posturas, los ritmos, las intenciones. Recuerdo que me desbordé una y otra vez, hasta que dejamos exhausto el deseo vivaz que pretendíamos haber acostumbrado a postponer.
Y al escribir esto me veo en aquel lavabo refrescándome y buscando un punto de apoyo, porque mi cuerpo temblaba todavía de arriba abajo y sentía que el corazón podía ser la parte menos sólida de mi ser, y no acertaba ni a verme en el espejo.
Cuando acabó la tarde fuimos a remojarnos a la piscina, solos los dos. Como si hubieran dejado por encantamiento todo el hotel para nosotros.
No sé si era el calor o las prisas de un viaje necesariamente breve, pero una vez terminada la comida de compromiso y hechas las despedidas de los viejos conocidos (y era casi penoso ver hasta que punto se habían vuelto más viejos y un tanto desconocidos), nos volvimos casi con prisa a nuestro pequeño hotel, discretamente encajado en el fondo del palmeral del valle. Las torres de un barrio cercano parecían irreales, como si se combaran bajo el peso del bochornoso calor y la calima. Era una tarde de sol sin trazas de sombra y los gruesos muros de la casa rehabilitada hacían de nuestra habitación un refugio en el que podríamos establecer una tregua con el mundo. Parecía, en medio del silencio monacal, que nos hubiéramos fugado de casa.
Y nos desplomamos en las camas. Ya traíamos los cuerpos sudorosos, los miembros flojos, las bocas casi secas. Quizá el sopor de la sobremesa -recuerdo levemente un postre de chocolate con helado de crema, conversaciones demasiado ágiles, camareros insoportablemente lentos- nos dejaría rendidos al letargo de la siesta.
La siesta, tardes de verano en las que con quince años ya no sabía qué hacer, buscar la habitación más fresca de la casa, que nunca estaba donde me esperaba, pasar el rato leyendo, pasar el rato soñando, caer al fin sobre la cama que no me había molestado en hacer; quitarme la ropa con miedo a que alguien pasara por delante de mi cuarto y me viera desnuda por el resquicio de una puerta imposible de cerrar; excitarme al pensarlo, sin saber lo que era; seguir con los dedos el rastro del sudor; sentirme culpable por explorar mi sexo; oler mi propio olor, antes que nadie, sin saber apreciarlo.
Había pasado mucho tiempo desde entonces, pero ese día de abril el calor me hacía repetir un viejo ritual, desnudarme despacio, estirarme en la cama, palpar entre mis muslos. Esta vez tú me mirabas, quieto, quizá demasiado cansado o quizá con mirada de lince, al acecho.
Yo inicie el juego del calor que me hacía ir al lavabo a recogerme el pelo y mojarme la nuca, a refrescarme los pechos, a frotarme las nalgas. Espiaba por el espejo por saber si al fin saldrías de tu quietud. Pero pronto adverí que no me mirabas sólamente con el rabillo del ojo.
Volví a la cama y no dejaste que llegara a acostarme. No dijiste nada, nunca te hace falta. Y mi boca estaba fresca y húmeda, el agua había puesto firmes mis pezones, y mi sexo latía húmedo y tibio. No fue nada difícil encontrar tu desnudez, ni pasear mi cuerpo por el tuyo, ni probar una tras otra las posturas que tanto habíamos reinventado, cuando las tardes eran nuestras y no había prisas y en nuestra casa no se sabía de teletubbies, ni de power-ranger, ni había que administrar el uso de nintendos y msn.
Era la tarde nuestra, como las tardes de siempre, y mi cuerpo las recordaba asombrosamente bien. Era la mezcla de jadeos y risas, como cuando atábamos con cuerdas las dos camas separadas para evitar que se abriesen bajo nuestros vaivenes juveniles en un hotel de playa donde empezamos nuestra vida juntos.
Se que duró varias horas, sé que cambiamos continuamente las posturas, los ritmos, las intenciones. Recuerdo que me desbordé una y otra vez, hasta que dejamos exhausto el deseo vivaz que pretendíamos haber acostumbrado a postponer.
Y al escribir esto me veo en aquel lavabo refrescándome y buscando un punto de apoyo, porque mi cuerpo temblaba todavía de arriba abajo y sentía que el corazón podía ser la parte menos sólida de mi ser, y no acertaba ni a verme en el espejo.
Cuando acabó la tarde fuimos a remojarnos a la piscina, solos los dos. Como si hubieran dejado por encantamiento todo el hotel para nosotros.
Comentarios
icio, cia.
(Del lat. -itĭus o -icĭus).
2. suf. Aparece también en algunos sustantivos, con el significado de 'acción intensa o insistente'.
Te echaremos de menos GEMA
Gracias por tu visita. Y sigo estando aquí, (así que espero que no me eches demasiado de menos.)