Vida sexual de un hada
(Episodio)


No actúo por impulsos pero no era cuestión de pensárselo mucho. Ahí estaba ella, radiante, inesperada. Era casi como si fuera la primera vez que le pusiera la vista encima. ..Pero, si la conocía de hace tiempo, no sé ni cuándo llego a la oficina. Había sido hasta entonces una blusa que pasaba entre mesas, una falda que aleteaba en los pasillos. Me di cuenta por primera vez de la precisión de su cuerpo justo cuando se llevaba las manos al escote buscando el primer botón. Le dije que esperara porque no quería hacer el amor con una desconocida con cara familiar, así que dejó que la palpara con la ropa aun puesta, mientras mis labios la recorrían. Era de carne y hueso, desde luego, pero su piel sabía a sal y a estrellas. Como de aire y hielo , temblaba al compás de su respiración cada vez más profunda, al ritmo de las caricias cada vez más decididias con las que le tocaba las tetas pequeñas, tersas.
No. Espera tú. Se apartó al susurrame con la cara aniñada. No dejó de mirarme a los ojos y como si sus manos hicieran eso cada noche, me sacó la ropa, no sé por dónde empezó. Me quedé quieto como si me rondaran abejas laboriosas y un movimiento mío pudiera hacerlas enfadar y picarme.
Justo antes de que mostrara mi verga erguida, se quitó la blusa y me dejó volver a tocarla, guiando mis manos como si yo fuera ciego o ella una virgen que sabía lo que quería. Le quité unas bragas ya húmedas y como por encanto su cuerpo se iba haciendo con el mío. Su piel se cubrió de rubor que delataba hasta qué punto se iba excitando y de nuevo me sorprendió cuando se me montó encima.
No estoy acostumbrado a que tomen la iniciativa con tanto desparpajo y la así bien para demostrarle con quién se las veía. La llevé a la cama, mientras ceñía con sus piernas mis caderas. Cayó sorprendida con los ojos muy abiertos y los labios algo contraídos como si amordazara un gemido. Pero yo ya estaba dentro y no iba a parar. Como si fuera un pájaro se agitó algo nerviosa bajo mi peso. su pelo resplandecía y su cuerpo blanco y deslumbrante se perlaba de sudor. No quería correrme tan pronto y como si lo adivinara acertó con un giro a apartarme para volver sobre mí.
Empecé a palparla por dentro, me acerqué a beber la humedad de sus pliegues, la abracé de mil manera como si atrapara en un vuelo una sombra fugaz pero tangible. No sé cuanto duró esta danza secreta, pero sólo cuando ella quiso, cuando el orgamos la había invadido ya varias veces, me dejé ir dentro, mientras ella golpeaba mis nalgas para sentir mejor cada embestida.
Cuando acabamos se tumbó de lado y contemplé su cuerpo en reposo. Me fijé entonces en un lunar de su espalda, en la arruga del cuello, en una cicatriz de su mano. La vi por primera vez, humana, imperfecta, mágica.

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