Desnudo del espejo

Cuando me levanté a coger mi ropa me sorprendió mi imagen en la luna del armario.
Ningún vestigio aparente del deseo que acababa de culminar entre nosotros, pero mi piel mezclaba aún tu olor y el mío. Y mi boca, roja, se saciaba del gusto a sudor y a semen.
Miré mis pechos, redondos, satisfechos , y mis pezones celebraron entre mis dedos la tempestad de caricias, de lametones, de mordiscos que nos habíamos regalado con creces.
Bajé mirada y mano por mis caderas, hasta mi vientre, sonrosado en la luz del atardecer que se derramaba cálida desde el ventanal hasta el espejo.
Abrí los muslos y miré mi sexo, brillante y encarnado. Toqué los pliegues que habías urgado con tu lengua, hasta la gema orgullosa de haber ardido tanto.
Dejé que mis dedos se sumergieran tras las huellas recientes del placer y encontré que mi coño era perfecto. Me asombró mirar su insólita belleza, la sonrisa púrpura que me habían enseñado a esconder de mi misma. Descubrí la secreta armonía de sus pliegues. Y me sentí orgullosa de la sabiduría con que nos habíamos amado.
Desesperados de deseo al principio, nos habíamos negado a saciarnos del todo; nuestros cuerpos se enlazaban, se separaban para tomar aliento y volvían a buscarse, intentando prolongar todo el tiempo del mundo el placer de una tarde de verano.
Cuando creí que mi cuerpo no podría cimbrearse más, que no me quedaba más agitación, que ya no podría estar más abierta, mi sexo reclamó el tuyo, y me follaste intensamente, al compás de los latidos de mi vagina, que había tomado el sitio de mi pobre corazón.
Y ahora, mientras me recreaba en los recuerdos de nuestra dulce batalla contra el tiempo, tú preparabas el baño. Al entrar miré tu cuerpo como por primera vez, tu cuerpo que mis miembros se saben de memoria de tanto recorrernos. Y hallé que desprendía el hechizo del placer saciado.
Nos abrazamos con la calma de quien ya nada busca y nuestros cuerpos juntos en el reposo del placer eran perfectos. Sonreímos al reflejo que éramos entre vapores en el espejo del baño. Fuimos conscientes en silencio de la plenitud de una belleza compartida, que nadie más vería como nosotros.
Y pensé por un instante que tal vez no volveríamos a ser tan plenamente hermosos.

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