Por fin la lengua

Te habías instalado en un silencio obstinado. Tal vez ocupaban tu mente otros pensamientos que te abstraían por completo o tal vez me estabas provocando. Sabes que no me gusta que me ignoren, tú el que menos, así que tanta indiferencia era un verdadero desafío. ¿Cómo sacarte de ese mutismo sin fisuras?
No es que no me hablaras, es que no decías nada, ni dejabas que hablaran tus manos ni tus ojos. Me parecía humillante preguntarte. Decidí no decir nada, hacer como que no hacía nada.
Procuré evitarte de manera que nunca me vieras más de cinco minutos a tu lado. Atendía todo con meticulosa pulcritud, pero no cruzaba una palabra contigo. Todo parecía sincronizado por la costumbre, desde el desayuno hasta la hora de dormir, para que no hubiera necesidad de hablar.
Mientras tanto, por debajo de este muro invisible nuestros cuerpos se añoraban con implacable afán. Era cuestión de que ellos hablaran ya que no lo hacíamos nosotros.

Una tarde, recogida la cocina, con la casa en un silencio perfecto -el verano se colaba a raudales por las ventanas-, coincidimos en la terraza, bajo el toldo, mientras corría el bendito alisio. Era tentador correr a la piscina para darme un baño, pero tú leías el periódico en tu postura favorita, y yo me tumbé a tu lado. Cerré los ojos y quise dejarme dormir. No me apetecía seguir con el juego de intentar provocarte con silencios, o de meterme en la piscina y salir dando grititos para envolverme tiritando en una toalla mientras te salpicaba intencionadamente. Me acordé de la pareja que habíamos visto esa mañana en la playa. Se habían deslizado de las hamacas a las olas y, ajenos a los chiquillos que se dejaban arrastrar en sus tablas, habían empezado un juego siempre repetido y siempre diferente. Hasta que ella, extrajera, delgada, se había soltado de su abrazo y había salido correteando segura de que él no dejaba de mirarle el culo terso y la melena rubia hasta los hombros. Él parecía dispuesto a seguirla, pero apenas salía del agua cuando se dio cuenta de que tenía una erección magnífica. Se dio media vuelta y se metio de cabeza entre las olas, con la certeza de que ella le estaría mirando impaciente, porque no la había seguido. En seguida emergió, mientras media playa lo observaba; salio con estudiada lentitud del agua, y comprobó discretamente que el bañador seguía en su sitio. Se tumbó al lado de ella y le tocó en el muslo, mientras su frente húmeda goteaba sal y agua sobre el hombro de ella. El pabellón nacional quedaría una vez más en lo más alto.

La mano que empezaba a tocar distraidamente el muslo me sacó de mi letargo. Así que estabas ahí. Tu mano se había escapado de tu lectura y, como si tuviera vida independiente, recorría mi piel. Me giré lentamente dispuesta a guiarla hasta donde quería, fingiendo yo a mi vez que estaba adormecida. Era deliciosa esa morosidad de los movimientos, mientras seguíamos sin decirnos nada, sin mirarnos siquiera, como si mano y muslos hicieran las cosas por su cuenta, como si yo jadeara quedamente entre sueños, mientras tú doblabas con parsimonia el periódico por la crónica de economía y lo dejabas caer con precisión en el suelo. Entonces decidiste tomar la iniciativa. Creí que como otras veces irías a hundirte en mi escote, tomando mis pezones con los dedos antes de surcarlos con tus dientes. Pero cambiaste el ritual.
Y llegó entonces tu lengua, con una certeza de relámpago a hurgar entre los pliegues de mi pubis, mientras bajabas mi tanga. mis rodillas obedecieron a tus movimientos y mis manos empezaron a acariciar tu cabeza. La lengua fue abriendo paso al clítoris y los dedos exploraban las aberturas del placer con singular maestría. No abrí los ojos, me dejé arrastrar por los designios de tu deseo. No quise ser impaciente y dejé que mi placer se tomara su tiempo. No, no estallé de pronto, ni necesité gritar; me dejé ir poco a poco, con avaricia, para que me quedaran fuerzas para volver a irme nuevamente.

Entonces, cuando entreabrí los ojos, vi, como si me llamase, la erección de tu miembro y acudí a él. Era ahora mi lengua la que era sabia. Primero hundí mi cara entre tus muslos, porque el olor que desprendes es la única certeza que conozco. Besé la base de tus testículos y humedecí con besos la longitud de tu polla. Luego, saqué la lengua para apreciar la tersura de miembro hasta el glande. Quería impacientarte, de la misma manera que tus silencios me habían impacientado, acrecentando mi pasión. Ahora de canto, mi lengua te golpeaba rítmicamente para luego dejar que entrara en mi boca una parte de ti, mientras la mano sotenía la base gallarda y así con un compás incesante variaba la intensidad, la rapidez, la avidez incluso de las acometidas cálidas de mi lengua y mis labios. Disfrutabas mirando mi boca en tu miembro, y yo te devolvía una mirada de hembra en celo. Quería notar perfectamente cómo se henchía para parar a tiempo, darte tregua y volver a empezar. Eras tú ahora el que hablabas, el que me incitaba con palabras lascivas. Yo era tu golfa y mientras te libaba meticulosamente, tú me metías mano en el coño que frotabas al compás que mi boca marcaba sobre ti. Cuando creí que me iba a romper, que ya no me cabía más tu polla en mi boca, entonces me aparté para que decidieras cómo querías follarme.
Antes de que te giraras ya te ofrecía mi culo, para que entraras desde atrás. Y en un duro vaivén enérgico terminamos los dos, sin que un solo vecino supiera la tormenta de deseo que había estallado en la terraza, mientras ellos veían la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos.

Comentarios

Pedro Rodríguez ha dicho que…
Yo me pensaría seriamente publiar un libro de relatos cortos eróticos. Se te da demasiado bien para que solo unos pocos afotunados o afortunadas podamos disfrutar de la lectura de tan estimulantes textos.
Gema del Icia ha dicho que…
Pues, no sé... tendré que consultar con algún experto en publicaciones, supongo.

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