El silencio
Como hacíamos antes, quedamos a tomar café. Llegó puntual, como siempre, y no paraba de charlar. Preparamos a medias la cafetera, batimos la leche, añadimos canela y la conversación fue serenándose.
No le pregunté nada. Sabía que acababa de salir dolorosamente de la que había creído la historia de su vida. No me habló de él.
Miramos revistas, hablamos de ir a la pelu, quedamos en ir a la playa.
Me contó anécdotas del trabajo, me regaló un recuerdo de su último viaje.
De vez en cuando guardábamos silencio.
Se iba a ir para la calle y en el estrecho pasillo nos rozamos. Poner un momento la mano en su espalda y notar su temblor fue todo uno. Pensé que se me derrumbaba, que se echaría a llorar, cuando se giró hacia mí. La abracé y recordé fugazmente que cuando erámos estudiantes había habido veces en que deseé retenerla junto a mi, abarcarla con mis brazos, sostener su bello semblante, hundirme en sus ojos oscuros.
Pero no había lágrimas en su rostro y eran ahora sus manos las que me sostenían, como si hubieran adivinado un dolor antiguo que quisieran reparar.
Nos abandonamos como náufragas en un bote salvavidas, como si nada pudiera romper aquel abrazo que había sobrevivido décadas de silencio.
No le pregunté nada. Sabía que acababa de salir dolorosamente de la que había creído la historia de su vida. No me habló de él.
Miramos revistas, hablamos de ir a la pelu, quedamos en ir a la playa.
Me contó anécdotas del trabajo, me regaló un recuerdo de su último viaje.
De vez en cuando guardábamos silencio.
Se iba a ir para la calle y en el estrecho pasillo nos rozamos. Poner un momento la mano en su espalda y notar su temblor fue todo uno. Pensé que se me derrumbaba, que se echaría a llorar, cuando se giró hacia mí. La abracé y recordé fugazmente que cuando erámos estudiantes había habido veces en que deseé retenerla junto a mi, abarcarla con mis brazos, sostener su bello semblante, hundirme en sus ojos oscuros.
Pero no había lágrimas en su rostro y eran ahora sus manos las que me sostenían, como si hubieran adivinado un dolor antiguo que quisieran reparar.
Nos abandonamos como náufragas en un bote salvavidas, como si nada pudiera romper aquel abrazo que había sobrevivido décadas de silencio.
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